martes

los días van tan rápidos

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones 
una semana más, los días van tan rápidos 
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro 
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera 
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura 
donde termina el hueso, me voy a mi semilla, 
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas 
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas 
y los meses gozosos que espero todavía.

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.

Si eres mujer te pones la máscara más bella 
para engañarte, si eres varón pones más duro 
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa, 
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto: 
así es que lo mejor es ver claro el peligro.

Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos 
lo que somos. Ardamos. Respiremos 
sin miedo. Despertemos a la gran realidad 
de estar naciendo ahora, y en la última hora.

Gonzalo Rojas en Contra la muerte.

lunes

no decía palabras

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.


Luis Cernuda en Los placeres prohibidos.

domingo

el pez

Tratar de pensar algo a fondo,
forzar mi mente a que se adhiera a una idea
específica, hace que mi cerebro se convulsione y retuerza
dentro del cráneo como un pez en la red, con el vigor de un pez.

Veo el fijo relumbre de sus ojos - sangre,
azabache y mica-, siento el roce áspero
de aleta y escamas contra mi mano, el último
aleteo espinoso de la cola y la fuerza del pánico
con la que se zafa, y quedo preguntándome
qué era eso sobre lo que intentaba pensar, agotada
pero contenta de que ahora puedo seguirlo a fondo
                                     todo el camino hasta el mar.


Ruth Fainlight traducida por Mirta Rosenberg.

sábado

escenas frente al mar

No se trata de destreza, de hacer los movimientos
juntos en el momento exacto, tal vez se trata apenas
de escuchar toda la música del mar
en mi cabeza. Me desprendo como un guijarro entre las olas,
un ermitaño que eligió la intemperie del océano
en lugar de la cabaña perdida entre las piedras,
para encontrarse con la misma soledad
en la rompiente. Pero algunas tardes,
cuando la luz del sol cae, oblicua, sobre mi cuerpo
y se acerca el momento de regresar a la orilla,
quisiera que estés ahí, sentada en la arena,
cuidándome, desde la mínima distancia
posible entre los dos. Entonces abrazo
mi tabla de surf y cruzo los médanos
con el desconcierto de quien no cree en las palabras,
pero teme al silencio.


Claudia Masín en La vista.

viernes

el topo

Estaba ahí,
acorralado en el ruedo de los curiosos. Sus garras
escarbaban inútilmente el cemento de la vereda,
y sangraban. No avanzaba,
sólo esponjaba y contraía su cuerpo
según su miedo. Y con su hocico,
rosado y móvil, husmeaba,
lejos de las oscuras galerías,
el aire soleado de los hombres.

Jamás habíamos visto un topo.
Habían capturado un mito, un animal
de bestiario. Por eso
nuestra mente devoraba, se estremecía,
no podía creer
que bajo la realidad estridente del sol
hubiera otro animal
de carne lastimada como la nuestra.
José Watanabe en La piedra alada.

éramos ratones,

temblando en un rincón de casa de mi madre, allá en la casa
enorme de mi madre. Mi madre, una princesa
sin príncipe y sin rey, ya entonces era frágil
como una veladora; su casa era un rincón adentro de su casa.
Dentro, llena de miedo, repartía a sus dos hijos
vestigios ínfimos de azúcar y de queso. Siempre fuimos ratones
allá en la casa enorme de mi madre. Los tres nos ocultábamos
en los resquicios, soñando con veneno para ratas, pues
éramos pequeños
e indeseables ratones, allá en la casa enorme de mi madre.
No sé quiénes serían los verdaderos dueños de aquella casa
enorme de mi madre. Los verdaderos dueños de los que
había que huir,
no sé quiénes serían, allá en la enorme casa
enorme de mi madre.

Acaso los ratones.


Óscar de Pablo en El baile de las condiciones.

el pan

Perdonen que lo diga sin pudor,
pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo
         de hambrunas.
Las carencias
nos llevaban a todos a una especie de inocencia,
         a un vivir
en el centro puro de nosotros mismos.
Así es cuando ya no queda nada, salvo
la postura orgullosa de mi madre
que dormía como saciada.

Cada cierto tiempo pasaban profetas
que repetían monsergas en nombre de un dios
prometedor, pero cruel.
Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos
ni hizo el milagro de una simple lechuga.

Una tarde se asomó a nuestra puerta
en extranjero de mirada llameante, otro agorero,
pero no supimos quién ardía en él, si su dios
o su demonio.
Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros.
Se quedó mirando a mi madre
que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa
con una cucharada de manteca sin nombre.
Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos
y después, con la dignidad de los pobres satisfechos,
nos moriremos de hambre, dijo mi madre
         en Reyes 17:12.


José Watanabe en La piedra alada.