viernes

lluvia

La lluvia, en el patio donde la miro caer, desciende con estilos muy diversos. En el centro hay una delgada cortina (o red) discontinua, una caída implacable pero relativamente lenta de gotas probablemente bastante livianas, una sempiterna precipitación sin vigor, una fracción intensa de meteoro puro. A poca distancia de las paredes de derecha e izquierda, caen haciendo más ruido gotas más pesadas, individuales. Aquí parecen del tamaño de un grano de trigo, allá de una arveja, más allá casi de una bola de billar. En los filetes, en los antepechos de la ventana, la lluvia corre horizontalmente mientras que sobre la faz inferior de los mismos obstáculos cuelga como caramelos convexos. A lo largo de la superficie entera de un breve techo de cinc que la mirada domina, corre como un mantel muy delgado, de muaré, debido a las corrientes muy variadas por las imperceptibles ondulaciones y protuberancias de la cubierta. Del canalón contiguo, por el que corre con la contención de un arroyo profundo sin mucha pendiente, cae poco a poco en un hilillo perfectamente vertical, trenzado de manera bastante burda, hasta el suelo donde se rompe y rebota bajo el aspecto de agujetas brillantes.
Cada una de sus formas tiene un estilo particular, al que corresponde un ruido particular. El todo vive con intensidad como un mecanismo complicado, tan preciso como azaroso, como el de un reloj cuyo resorte fuese el peso de una determinada masa de vapor en precipitación.
El repiquetear en el suelo de los hilillos verticales, el gluglú de los canalones, los minúsculos tañidos de gong se multiplican y retumban a la vez, en un concierto sin monotonía, aunque no sin delicadeza.
Cuando el resorte se ha distendido, algunas ruedas siguen funcionando durante cierto tiempo, cada vez más despacio, y luego toda la maquinaria se detiene. Entonces, si reaparece el sol, todo se borra enseguida; el brillante aparejo se evapora: ha llovido.

Francis Ponge, traducido por Raúl Gustavo Aguirre.

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