sábado

después del funeral

A la memoria de Ann Jones
Después del funeral, alabanzas de necios, rebuznos,
golpes de viento en las orejas como velas, el acolchado
golpeteo de una alegre clavija sobre el pie grueso de la tumba
que clausura los párpados, los dientes en negro,
los babosos ojos, las charcas de salitre en las mangas,
el matinal chasquido de la pala que despierta el sueño,
en las tinieblas del ataúd sacude a un niño desolado
que gotea hojas secas al cortar su garganta
y saca un hueso al sol en un golpe de juicio,
tras el festín de cardos y horas llenas de lágrimas
en un cuarto con un zorro disecado y un helecho marchito,
por esta ceremonia yo estoy solo
en las horas del llanto
con Ann, la muerta, la jibosa,
cuyo embozado corazón de fuente se derramara cierta vez en charcos
en torno de los mundos asolados en el país de Gales y ahogara cada sol
(aunque ella creería esta imagen una ciega y monstruosa
alabanza engrandecida —su muerte fue una gota callada—,
no hubiera dejado que me hundiese en el chorro sagrado
del prestigio de su corazón, yacería honda y muda
pues su cuerpo quebrado no necesita de un poeta).
Pero yo, bardo de Ann, desde un hogar en alto
llamo a todos los mares a oración,
para que la leñosa lengua de su virtud murmure
como una boya de campana sobre las cabezas de los que cantan himnos,
abata las paredes del bosque lleno de helechos y de zorros
y su amor cante mecido en la parda capilla,
y bendiga con cuatro aves de paso su alma reverente.
Mansa como la leche fue su carne, pero esta estatua camino al cielo
con su pecho salvaje y la bendita, gigante calavera
se halla esculpida a su imagen en un cuarto de ventanas mojadas
en una casa ferozmente enlutada por un año nefasto.
Yo sé que sus manos agrietadas, humildes, rancias manos
yacen crispadas en oración,
su raído murmullo en una frase húmeda, su ingenio, goteando en el vacío;
su rostro como un puño al morir se contrajo en un dolor redondo
y es Ann en su escultura, setenta años de tallada piedra.
Estas manos de mármol, empapadas de nubes,
esta disputa gigantesca de la voz desbastada, del ademán y el salmo,
me asaltarán por siempre sobre su tumba
hasta que el pulmón del zorro disecado se estremezca y grite "amor"
y el helecho hamacado por el viento deje en el umbral negro sus semillas.

Dylan Thomas, tremebundo siempre, traducido por Azcona Cranwell.

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