domingo

las nubes se amontonan

Parecía ser el tipo de vida que queríamos.
Comíamos frutillas con crema a la mañana.
Entraba el sol en todas las habitaciones.
Paseábamos desnudos por la orilla del mar.

Sentíamos, sin embargo, algunas noches
incertidumbre por lo que pudiera suceder.
Igual que actores trágicos en un teatro en llamas,
con pájaros rondándonos en círculos,
extrañamente quietos los sombríos pinos
y cada piedra bajo nuestros pies roja por el crepúsculo.

Estábamos de vuelta en la terraza tomándonos un vino,
¿por qué siempre el atisbo de un final infeliz?
Unas nubes de aspecto casi humano
se iban amontonando sobre el horizonte; 
el resto seguía siendo igual de hermoso:
soplaba suave el viento, el mar en calma.

Cae sobre nosotros de súbito la noche, sin estrellas.
Encendés una vela, y la llevás, desnuda,
a nuestra habitación y la apagás de pronto.
El pasto y los sombríos pinos extrañamente quietos.

Charles Simic traducido por Zaidenwerg.

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